El policía de La Meca

El año de 1511 fue particularmente especial para Kha’ir Beg, jefe de las fuerzas de seguridad de La Meca. Acababa de recibir su nombramiento por parte del sultán de El Cairo, Kansuh al-Ghawri, así que estaba dispuesto a hacer su mejor trabajo. Hombre de carácter agrio, conservador e intransigente, llevaba apenas unos meses en el cargo cuando decidió poner en orden los cafés de la ciudad, establecimientos donde se daban cita todo tipo de personas para discutir sobre asuntos sociales, políticos y religiosos, sembrando así la semilla de la sedición. Además, era tal el ambiente que reinaba en aquellos sitios que se realizaban apuestas en juegos de mesa, e incluso, de acuerdo con sus espías, había encuentros sexuales furtivos, convirtiéndose en auténticos nidos de vicio. Por si fuera poco, sus efectos tóxicos perjudicaban la salud del consumidor, o al menos eso pensaba Beg.

Para terminar de una vez por todas y de manera legal con este problema, Beg convocó a una asamblea de juristas y estudiosos de las diferentes corrientes islámicas para discutir su censura. La estrategia era presentar testigos que dieran fe de los riesgos que esta sustancia implicaba, y uno de los principales argumentos era que la bebida se utilizaba para mantener despiertos a los fieles durante las oraciones, algo que a los ojos de Alá podía ser indigno, por lo que estaría también prohibido por el Corán, al igual que el alcohol y el hachís. Mandó llamar a dos prominentes médicos persas que se comprometieron a respaldarlo, así como a numerosos ‘adictos’ que confirmaron los efectos intoxicantes y los peligros que esta bebida ocasionaba. El único que mostró una defensa apasionada del café fue el mufti –erudito y líder religioso– de la ciudad de Adén, uno de los puertos más importantes de Yemen, lugar desde el cual se exportaba la semilla de aquel elixir.

El veredicto favoreció los intereses de Beg y de inmediato envió una copia de la resolución al sultán de El Cairo. Mientras esperaba la respuesta, emitió un edicto prohibiendo la venta de café en la ciudad sagrada, la primera medida de este tipo en la historia de la bebida. Así, las cafeterías de La Meca fueron clausuradas y todo cargamento que fuera descubierto era confiscado y quemado. A pesar de la prohibición, muchos apoyaron al mufti de Adén y tomaban la bebida de manera clandestina.

El gusto le duró poco a Beg, pues el sultán, al recibir el documento con la resolución, se mostró sorprendido: él mismo era afecto al café. De inmediato el gobernante ordenó que la nueva ley fuera mucho más relajada, y sólo aplicable en La Meca por motivos religiosos; después de todo se trataba de uno de los granos con mayor especulación y ganancias por su comercio. Además los médicos y líderes religiosos más importantes del mundo árabe en aquel momento, muchos de los cuales vivían en El Cairo, aprobaban su consumo. Así fue que la prohibición duró sólo un año, cuando el sultán removió de su cargo a Beg y lo reemplazó por otro jefe de policía que no tuviera inconvenientes con la bebida.

Lo cierto es que una década más tarde, en el año 1521, hubo varias revueltas populares que se gestaron alrededor de las cafeterías, provocados por los clientes regulares que molestaban a los vecinos por los escándalos en sus reuniones hasta altas horas de la noche.

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