Mapas fantasma (2)

Las epidemias de cólera en el siglo XIX eran unos auténticos jinetes del Apocalipsis. Fue gracias al estudio sistemático del doctor británico John Snow que se pudo encontrar con exactitud una fuente de contagio y tomar las medidas preventivas necesarias. El abstemio y vegetariano galeno tenía buenas credenciales; conocedor del uso del formol durante una demostración en 1846, fue el anestesista de la reina Victoria durante el parto de su octavo hijo (1853).

Testigo de las epidemias que ocurrieron en Londres en 1831 y 1832, que se llevaron la vida de 32,000 personas, así como las de 1848 y 1849, con 52,000 en su lista, una serie de observaciones le hicieron deducir que la enfermedad se transmitía de persona a persona por vía oral, y a través del agua potable; entonces se pensaba que era por medio del hedor provocado por la basura y las cañerías. Pero al publicar sus hallazgos en 1849, la comunidad científica lo ignoró; su teoría necesitaba un experimento que lo sustentara.

En verano de 1854 llevó a cabo un censo en una zona aledaña al río Támesis, recién afectada por la epidemia. Casa por casa, averiguó la procedencia del agua que consumían, y si había ocurrido en ellas algún fallecimiento. Aunque las cifras obtenidas reflejaban una incidencia mayor de decesos en los hogares que habían consumido agua contaminada, suministrada por una empresa que se abastecía de la zona más sucia del Támesis, los médicos se resistieron a reconocerlo. Fue entonces que la epidemia azotó con particular velocidad en el vecindario de Snow. Este aprovechó la circunstancia y comenzó a marcar en un mapa las casas donde había muerto alguien por esta causa. Esta suerte de necrocartografía le permitió encontrar una relación entre los decesos y su distribución alrededor de una toma de agua pública; 61 de las 83 personas muertas habían consumido agua de una bomba localizada en la calle Broad.

Si bien este acto no fue un factor decisivo para detener la epidemia, lo cierto es que esto impulsó una serie de iniciativas destinadas a modernizar la infraestructura del drenaje público, y con ello reducir la mortandad.

Un hecho mencionado por el especialista en epidemiología Richard Finkelstein, es que ninguno de los 70 obreros que trabajan en una fábrica de cerveza aledaña a la funesta bomba de agua se enfermó. ¿Quién quiere tomar agua si se tiene a la mano licor de malta?

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