El asunto del color azul

En la época de los griegos y el Imperio Romano no existió una palabra que describiera la tonalidad cromática del cielo o el mar; se trató de culturas donde los colores predominantes fueron el blanco, rojo y el negro, situación que duró hasta bien entrada la Edad Media. En estos términos, podemos decir que el concepto del color azul prácticamente no existía en la cultura occidental a pesar de la inmensidad del firmamento; dicho color, al menos en la sociedad romana, era asociado con las tribus bárbaras o clases sociales bajas. Aunque los egipcios ya sabían cómo producir pintura azul, el secreto de su fabricación quedó en el olvido. Los mayas tuvieron también su propia versión celeste, que de igual manera se perdió. Si bien los romanos importaban la planta de añil (Indigofera tinctoria) o índigo de la península indostánica para producir el tinte de este color, lo cierto fue que el cielo continuó sin tener un descriptivo propio de su tonalidad y no recibió suficiente atención sino hasta el Renacimiento.

Pero el origen del color del cielo fue también otro de los grandes misterios sin resolver. Aunque hubo intentos por descifrar el enigma, muchos de los cuales se acercaban a la realidad, no sería hasta el siglo XIX que Lord Rayleigh (1842-1919) explicaría de manera convincente este fenómeno.

Aunque la luz del Sol parece ser blanca, en realidad está compuesta por un amplio espectro de colores ordenados de acuerdo a su longitud de onda, del azul al rojo; recordemos aquel experimento de la difracción de Newton, en el que un rayo de luz que pasa a través de un prisma se descompone en los colores que lo integran. De la misma forma, como la atmósfera de la Tierra se compone principalmente de oxígeno y nitrógeno, ésta en conjunto se comporta a la manera de un prisma: dado que la longitud de onda del color azul es casi del mismo tamaño que un átomo de oxígeno, al chocar con este se dispersa; la luz roja por ejemplo, al tener una longitud de onda mucho mayor, por lo que atraviesa estos átomos sin problemas. Cuando observamos fotografías de los astronautas en la Luna podremos observar que el cielo es negro, y esto se debe a que nuestro satélite no tiene atmósfera propia, así que la luz del Sol es muy brillante, pues no tiene qué la desvíe. De esta forma, la luz azul contenida en los rayos solares está tan dispersa por los átomos de oxígeno que esta entra en nuestros ojos desde todos los ángulos y por ello el cielo adquiere ese tono. Todo este fenómeno fue un verdadero misterio hasta que Rayleigh publicó sus teorías en el ahora célebre ensayo Sobre la luz del cielo, su difracción y color (1871), y por ello esta clase de refracción de la luz solar lleva su nombre. Pero durante el amanecer o el atardecer la luz solar no cae directamente, sino debe atravesar una distancia mayor a través de la atmósfera, en distinto ángulo, donde el color rojo es predominante.

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