Los niños de la vacuna

“Ningún niño es de su madre hasta que supere la viruela.” -Dicho popular, siglo XVIII

La llamada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna fue una campaña organizada por el médico de cabecera del rey de España, Francisco Javier Balmis, para proteger las colonias españolas del contagio de la viruela. Esta zarpó del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, bajo el mando del capitán Pedro del Barco y España, a bordo de la corbeta María Pita. La misión estaba integrada por cuatro médicos, seis enfermeros y, más importante, una docena de niños huérfanos de entre seis y 10 años de edad acompañados por su cuidadora, quienes fueron los auténticos héroes de la empresa.

Susana María Ramírez Martín, doctora en Historia de América por la Universidad Complutense, aclara que la utilización de niños con propósitos científicos, en especial los huérfanos, era bastante común en el contexto de la época. La razón de emplearlos expresamente para la empresa de Balmis estaba en mantener la linfa vacunal fresca para que no “perdiera su poder profiláctico”. En aquella época, a falta de refrigeradores o hielo, los niños sirvieron como portadores mediante inoculaciones de ‘brazo a brazo’ entre ellos a lo largo de la travesía, aunque también en el barco había una carga de suero de la vacuna resguardada entre placas de vidrio sellado. Los niños ‘vacuníferos’, quienes como requisito principal no habían enfermado de viruela con anterioridad, fueron en un inicio oriundos de la Península Ibérica, y eventualmente se sumaron otros de territorios de Ultramar, y en su momento dos niñas esclavas de Cuba. Fueron reclutados dando prioridad a los “expósitos” o huérfanos, que en aquella época eran considerados un auténtico estigma social, con la condición de que el erario se hiciera cargo de ellos. Una parte del trato era que la Corona se encargaría de mantenerlos y educarlos hasta que tuvieran capacidad de sostenerse por sí mismos.

Durante la primera etapa del viaje partieron de España con 20 de ellos. La mayoría se quedaría a cargo del virrey de la Nueva España y serían sustituidos por otros, hasta que en la última etapa llegaron a ser 26. Dado que en un punto del viaje no había muchos candidatos, algunos niños fueron ‘prestados’ por sus padres legítimos a cambio de una compensación económica. En el ensayo El niño y la vacuna de la viruela rumbo a América: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806), Ramírez Martín describe las penurias que tuvieron que padecer estos pequeños:

“Tanto por tierra como por mar, la vida cotidiana de los niños en el periplo de la vacuna fue muy dura… La travesía marítima fue traumática. Si tenemos en cuenta que la mayoría de los niños que participaron en la Expedición Filantrópica no habían visto el agua, la sensación de mareo y de vértigo fue constante en los más de tres meses que duró el viaje por el Atlántico. La travesía terrestre no deja de ser dramática por ser conocida. A las altas temperaturas y la humedad atmosférica del Caribe se unían los fríos montañosos de las zonas andinas… A esto debemos sumar la capacidad de esfuerzo físico de un niño de seis a 10 años de edad. En estos años el niño no soporta caminatas de más de dos horas seguidas sin descanso. La alimentación no era muy buena… Sabemos que la alimentación contratada en el barco para los niños era bastante inferior con respecto a la de los adultos que formaban la expedición”.

Todo ello sin mencionar que los efectos secundarios de la inoculación incluían intensos dolores de cabeza y aparición de ronchas, sin contar con analgésicos.

La expedición dio la vuelta al mundo: de La Coruña alcanzó Tenerife, llegó a Puerto Rico, después a Venezuela, donde sus miembros se dividieron en dos grupos, uno dirigido por el doctor José Salvany Lleopar, quien se adentró en Sudamérica hacia Santa Fe de Bogotá, Perú y Buenos Aires. Balmis partió rumbo a Cuba, pasó a Yucatán, extendió la vacuna por México, alcanzando tierras tan remotas como Chihuahua o Sonora y Texas. El 7 de febrero de 1805 Balmis salió de Acapulco con destino a Filipinas, y una vez ahí decidió también visitar Cantón y Macao. El 15 de junio de 1806 alcanzó la isla de Santa Elena, en el Atlántico, uno de los bastiones ingleses, y semanas después Lisboa, Portugal, convirtiéndose en la primera acción sanitaria global. El historiador Gonzalo Díaz de Yraola, citado Ramírez Martín, define a la misión como “una caravana infantil” que resultó en “uno de los viajes más extraños que tiene como protagonistas a la medicina y a la ciencia en el siglo XIX”.

Los niños de Balmis contribuyeron a la salvación de millones de personas en cuatro continentes. Sin embargo al terminar la expedición, a pesar de las promesas, algunos tuvieron dificultades para regresar a sus lugares de origen, cuando pudieron lograrlo; de muchos otros nunca se supo más.

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