Alba y los biobots

rabos

Alba era un conejo albino, de aquellos que podemos ver comúnmente en laboratorios o tiendas de mascotas, de color blanco con ojos rosas. Este animal se distinguía de entre los demás de su especie porque era una obra de arte viviente, titulada ´Conejito GFP’; su verdadero encanto radicaba en que al exponerse a la luz color azul su pelaje resplandecía con un color verde fluorescente: Alba era un producto del bioartista brasileño Eduardo Kac, quien había solicitado a un laboratorio francés se efectuara una modificación genética en el animal, insertándole el gen EGFP, una mutación sintética del tipo de gen fluorescente color verde (GFP) extraído de la medusa Aequorea Victoria. Esta versión del gen, a diferencia de su contraparte natural, incrementaba la fluorescencia en células mamíferas.

Nacida en febrero de 2000, en la locación de Jouy-en-Josas, en Francia, Alba se había convertido en una criatura artificial que buscaba la reflexión sobre los alcances de la bioingeniería, y la controversia que ocasionó al quedar expuesta dio mucho de qué hablar sobre la ética en este campo. Un año más tarde otras criaturas transgénicas elaboradas por Kac se incluirían en la pieza “El octavo día”, que al igual que el conejillo Alba se trataba de organismos diseñados para expresar la proteína verde fluorescente, conformando un peculiar ecosistema bioluminiscente con plantas, amibas, peces y ratones, una especie de ‘Paraíso artificial’ cuyo título sugerente le agregaba un día a la proverbial semana de la creación del mundo de acuerdo a la tradición judeo-cristiana. Resguardados bajo un domo de plexiglás a manera de terrarium, entre sus miembros se incluía además un elemento inquietante. Se trataba de un robot de seis patas, cuyo ‘cerebro’ estaba integrado por un cultivo de amibas Dyctiostelium discoideum; cuando estas se movían, el robot, o biobot como le llamó Kac, desplazaba una de sus patas de acuerdo a la orientación que seguían.

Cinco años más tarde de que estas criaturas transgénicas sacudieran el mundo del arte y de la ciencia, un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Taiwán crearían un grupo de cerdos verde fluorescentes con fines de investigación científica, aunque estos eran distintos; bajo la luz natural, desde su piel, dientes hasta sus órganos internos ofrecían un aspecto pálido verdoso. Otra variación que obtuvo el profesor Shinn-Chih Wu del Departamento de Ciencia y Tecnología Animal de aquella entidad, fueron un par de cerdos color rojo fluorescente, cuyos genes insertados habían sido obtenidos de corales marinos.

Ahora, la lista de criaturas fluorescentes es larga, donde se incluyen peces, gatos, perros, monos Rhesus, nemátodos, bacterias  y por supuesto ratones.

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