Hipersticiones (1)

Hace unos días nos despedimos de nuestro amigo Luis Rafael Muñoz Saldaña. Como mencionaba en Facebook, me siento muy triste por su partida, conversar con él era simplemente enriquecedor, compartía sus conocimientos y contagiaba su curiosidad, sed de investigación y amor por los libros. Una estupenda persona que logró tocar el corazón de muchos. Hoy me entero, con gran asombro (vía Pavel Granados), que Rafa estuvo involucrado en un peculiar fenómeno de hiperstición, metaficción o como quieran llamarle. El caso fue referido of all people por Juan Villoro en 1998 en las páginas de La Jornada. El texto lo tomo de la página de, of all people también, Javier Marías. La definición de hiperstición la tomé y edité de la revista digital MiNatura. Saludos Rafa, buen viaje.

Hiperstición:

Del prefijo griego hyper (por encima de) y superstición. Aglomerado semiótico que se hace real a sí mismo. La idea de base es que entre ‘realidad’ e ‘imaginario’ no existe una oposición neta, un salto, sino un pasaje borroso (fuzzy). Cuanto más se carga un agregado semiótico de significados y usos sociales, más real llega a ser, y en cierto momento será imposible distinguir qué era real al principio y qué ha llegado a serlo, partiendo de una base compuesta sólo de signos.

Un personaje literario

Negra espalda del tiempo, la fascinante nueva novela de Javier Marías, empieza a cobrar su cuota de misterio en los lectores. La obra trata de las ambiguas fronteras entre la realidad y la ficción: “No soy el primero ni seré el último escritor cuya vida se enriquece o condena por causa de lo que imaginó o escribió”, afirma el novelista. De modo singular, las recompensas y los castigos por mezclar la literatura con el destino se transfieren a los comentaristas del libro.

Hace un par de semanas escribí en esta columna: “Para recrear el destino (del escritor inglés) Ewart, Marías se apoya en una correspondencia de casi diez años con Sergio González Rodríguez. En complicidad con el autor de El centauro en el paisaje, inventa a otro corresponsal mexicano, Rafael Muñoz Saldaña, quien recorre los archivos de El universal y Excélsior y aporta pistas, siempre perturbadoras y siempre insuficientes, acerca del escritor inglés. “La frase no admite dobleces: Muñoz Saldaña es un personaje literario. Uno de los juegos predilectos de Marías es el de modificar un hecho auténtico con un personaje ficticio. En su antología Cuentos únicos incluye a un narrador que sólo el lector muy avisado o muy paranoico interpreta como un desdoblamiento del antologador, y los libros Literatura y fantasma y Vida del fantasma son, desde sus títulos, comentarios sobre las invenciones que adquieren irregateable carta de ciudadanía en el cuento o la novela.

Pero había otro dato para suponer que Negra espalda del tiempo era recorrida por un fantasma mexicano. El 17 de mayo Sergio González Rodríguez publicó en el suplemento El Ángel, del diarioReforma, un excelente ensayo sobre el terrible destino de Wilfrid Ewart y una nota sobre la novela de Marías. En ella afirmaba: “Obsesionado por los heterónimos de Pessoa, me dio también por inventarme algunos seudónimos y enviar cartas a los periódicos en que expresaba las opiniones más peregrinas en torno a temas de actualidad. Apenas me publicaron un par de cartas en una revista conservadora. El joven Rafael Muñoz Saldaña dio a luz en esas fechas. ¿Quién iba a pensar que mi doble alcanzaría el estatuto espectral que Javier Marías le asigna ahora en Negra espalda del tiempo?” Entusiasmado por encontrar a un amigo en una novela impar, hablé por González Rodríguez. Su interpretación me pareció tan sugerente como irrefutable: el sagaz Muñoz Saldaña había sido creado por Marías para vigilar y acicatear al otro investigador del caso Ewart.

Al día siguiente de publicado mi artículo, un fax inquietó las oficinas de La Jornada Semanal; Rafael Muñoz Saldaña afirmaba: “Por desgracia mis numerosas ocupaciones me impiden reconstruir la experiencia cartesiana para obtener la certidumbre de mi existencia. Mucho más fácil es recurrir a mi credencial para votar, expedida por el Instituto Federal Electoral, que confirma mi carácter real o las cartas y ejemplares dedicados por el propio Javier a lo largo de una década”. Un sentido de la elegancia (o una fidelidad a los fantasmas) llevaba al autor a mencionar su cívico registro en el IFE pero no a ofrecer una fotocopia del documento. Lo único que parecía real en el fax era un número telefónico. Llamé ahí y la respuesta fue digna de un laberinto borgiano: “¿Enciclopedia Británica?” Muñoz Saldaña trabajaba ahí pero había salido a comer. ¿Quién podía ser el enciclopedista que hablaba desde las novelas de Marías y carecía del tiempo para dar una prueba cartesiana de su existencia?

La trama avanzaba hacia una espiral de sombra cuando por fin hablé con Rafael. Le propuse que nos viéramos en un café y me pidió que a modo de identificación llevara un libro. El personaje de Marías resultó ser un prolífico colaborador de Revista de revistas y un acucioso editor de enciclopedia. Con una ironía respaldada por una inteligencia movediza, capaz de hablar en forma casi simultánea de un documental sobre la frontera, el carácter de Proust, una filósofa perversa y un arbitrario manual de estilo que obligaba a cambiar “bebé” por “nene”, Muñoz Saldaña disculpó mi equívoco, me mostró las cartas de Marías (los sobres llevaban el sello de URGENTE) y reveló que tiene la doble virtud de existir en la literatura y en la vida que por convención llamamos “real”.

Sé que esta historia puede parecer apócrifa. ¿Sirve de algo decir que Muñoz Saldaña y yo tenemos amigos comunes y que, como en cierta trama de Heinrich Mann, las claves de su identidad me quedaban demasiado cerca? Tal vez no hago sino prolongar la cadena de equívocos entre lo real y lo ficticio que dimana de Negra espalda del tiempo; tal vez Muñoz Saldaña existe para reforzar la intrincada urdidumbre de la literatura y convertirme en personaje ficticio.

Cuando hablamos por teléfono, me preguntó por “Yambalón y sus siete perros”, un cuento que escribí hace más de veinte años. Ofrecí llevarle un ejemplar de mi primer libro y cedí a la imperdonable curiosidad de releer algunos párrafos. Con precisión asombrosa, el relato me regresó a las circunstancis en que lo escribí, pero no pude identificarme con ninguna de sus palabras. El autor de aquellas líneas había desaparecido, era como leer a un muerto del que, en forma perturbadora, conservaba pertenencias y recuerdos privados. Muñoz Saldaña me demostraba que mi existencia es más borrosa y espectral de lo que supongo. Son las lecciones que dan los fantasmas.

Juan Villoro

La Jornada, México

abril 1998

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